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RELATOS HETEREO

Mejicana de ojos tristes

En esta ocasión me encontraba investigando sobre las contrataciones de mujeres sin papeles, como empleadas de hogar. Quizá hayáis leído mi reportaje, y si lo habéis hecho, ya sabéis para qué revista trabajo. La cuestión es que hay cierta parte de la historia que he decidido omitir, por motivos obvios.

Tras hacer muchas pesquisas durante quince días, al fin di con Paola. Es una mujer mejicana que, en el momento de escribir este relato, lleva seis meses en España. Tiene cuarenta y cuatro años y, aunque es bajita, conserva unas formas impresionantes. Tiene dos hijos, uno de ellos en una cárcel de Distrito Federal. Su marido la prostituyó como actriz porno, por lo que seguramente la habréis visto también en alguna película del género. Lo mejor de todo es que ella admite haber disfrutado con ello.

La conocí por casualidad en la presentación del libro de un amigo en el FNAC de Valencia, durante los canapés. A él le conocía por su relación con el cine porno, aunque en ningún momento me lo había mencionado.

—Me llamo Paola —me dijo dándome dos besos—. ¿También eres escritor?

—Algo así —le contesté—, aunque no del tipo que imaginas.

—¿Y de qué tipo entonces?

—En realidad soy periodista, aunque en mis ratos libres hago algo de literatura erótica.

—Eso es muy interesante —me dijo—. Nunca he leído literatura erótica.

A esas alturas, aquel acento mejicano ya me tenía hechizado.

—Quizás otro día te deje alguna de mis historias para que la leas.

—Es una pena.

Entonces recordé que habían puesto terminales conectadas a Internet para el evento.

—Espera —le dije—, a lo mejor sí puedes leer alguna. Suelo publicarlas en algunas páginas de Internet.

—Vamos a una termina y me las enseñas.

—¿Seguro que quieres leerlas con toda esta gente alrededor?

—Pues claro —me contestó—, así da más morbo.

Me sonrió y la acompañé a uno de los ordenadores. Le puse uno de relatos más calientes y le dije:

—Estoy por aquí tomando algo, luego me buscas y me cuentas, ¿vale?

—Ok, wey.

No me alejé mucho. La observé cómo leía ensimismada y cuando vi que acababa me acerqué a ella. Mientras lo hacía pude fijarme en su liso pelo castaño, su enorme y duro trasero dentro de aquellos pantalones tejanos, y sus enormes pechos, apretados dentro de la blusa, algo caídos por la edad, pero nada desdeñables.

—¿Qué te ha parecido? —le pregunté.

—Bueno, ha conseguido que me moje, y es algo difícil en mi.

—¿Difícil?

—Verás, te contaré un pequeño secreto. He sido actriz porno allá en México, y aunque me encanta el sexo, me cuesta ponerme.

—Bueno es saberlo —dije yo—, y me alegro haber sabido despertar tu líbido. El mío lleva despierto desde que te he visto hace un rato —ataqué lanzándome al ruedo.

—Eso habrá que arreglarlo entonces. ¿Me acompañas a casa?

—Por supuesto.

Por el camino desabrochó un botón de su blusa, dejando al descubierto un canalillo provocador, y parte del sostén negro.

—Será mejor que mires a la carretera, wey.

Aparté la vista y de inmediato sentí su mano posarse en mi entrepierna. La sonreí.

—Te van a explotar los calzones, cariño, y quiero pasar un buen rato en casa. Para ahí detrás —dijo señalando una calle cerca del río. Obedecí. Me desabrochó la cremallera y sacó de un tirón mi verga erecta. Luego se lanzó como una profesional y se metió en la boca. Me hizo una mamada espectacular, en tan solo un par de minutos yo ya estaba a punto.

—Me corro, joder, me corro, así, chupa bien… —le decía.

Me apretó la base de la poya con los dedos y jugueteó con la lengua en mi prepucio. No sé cuántos chorros de leche tibia descargué en su boca. Cuando me la hubo limpiado bien, me besó, dándome parte de mi propio néctar, que tragué con avidez.

—Ahora vámonos a casa. Ya tengo ganas de sentirte dentro, cariño.

Ella vivía en un piso no muy grande, aunque sí muy limpio. Una pequeña entrada daba a un pasillo no muy largo. La cocina justo a la izquierda. Un comedor a la derecha. Al fondo un cuarto de baño, y a su derecha una habitación.

—¿Te apetece una copa?

—Cerveza, por favor —le contesté.

Me senté en el sofá y noté que tardaba un poco. Me encantó ver que llegaba totalmente desnuda, como una Venus bajita, entrada sólo un poquito en carnes, y con unos pechos enormes, con una aureola grande y rosada. No se depilaba la entrepierna, así que a mi vista estaba un coño muy peludo y oscuro como la noche. Me gustan depiladas, pero aún así mi erección se hizo evidente.

—He pensado que podíamos tomarnos la copa algo más cómodos.

Traté de desnudarme, pero me temblaba todo sólo de pensar que iba a follar con una hembra como aquella. La besé, luego lamí sus pezones, mordiéndolos como si la vida me fuera en ello.

—Para un poco, cielo —me dijo—, antes quiero tomarme la copa.

Eso fue divertido, y desesperante. Se sentó a mi lado, acariciándome la verga mientras bebíamos. Yo le acariciaba el coño, estaba empapado. De una, cogió mi cerveza, que estaba por la mitad, y se intruso parte en su coño con dos dedos. Luego me dio a beber. Nunca me ha sabido tan a gloria una cerveza.

No pude resistir más. Me arrodillé ante ella, y ella en seguida abrió sus piernas. Hinqué mi lengua en su coño y lo trabajé, bebiendo cada gota que salía de su húmeda vagina, dando largos y fuertes lengüetazos en su clítoris.

—No pares wey, sigue cabrón —me decía.

Al fin arqueó su espalda exhalando un gemido acompañado de fuertes temblores. Supe que se había corrido en mi boca, que se llenó con un chorro de sabor salado y delicioso. Me senté a su lado para dejarla descansar. Pero ella cogió mi poya empezó a masturbarme, luego se arrodilló y la puso entre sus enormes tetas. Me hizo una cubana deliciosa, pasando su lengua de mi glande a sus pezones, me volvía loco.

Después se sentó encima de mi y se acomodó, haciéndome sentir el agradable calor de su coño hambriento. Empezó a cabalgarme dejando sus pezones al alcance de mi boca. Los chupé y lamí bien a gusto.

Cuando notó que me faltaba poco para correrme, me dijo:

—Ni se te ocurra correrte, cabrón. Quiero tu leche en mi culo.

Se la saqué de inmediato y la puse a cuatro patas. Enterré mi lengua entre sus nalgas y empecé a lamerle el culo mientras la oía gemir y decirme cosas que me ponían a mil.

—Así wey, así cabrón, fóllame el culo con la lengua, qué gusto me das.

Cuando la tuve a punto, con el ano bien dilatado, puse mi verga en la entrada de su culo. Quería ir despacio para no hacerle daño, pero ella se echó de golpe hacia mi, clavándosela hasta los huevos.

—Venga, cabálgame, quiero sentir tu leche caliente llenándome por dentro.

La cogí las nalgas con fuerza y empecé a follarla. A las diez embestidas empecé a descargar mi leche caliente y espesa dentro de aquel culo moreno.

Me quedé dentro de ella, sintiendo de vez en cuando, cómo un poco más de mi leche se enterraba en su interior.

 

Continuará…